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Shinobi Gaiden - Foro Rol de Naruto   ›   Mundo   ›   Pais del Fuego   ›   Konohagakure no Sato
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[Fin del Capítulo 1] El Llamado de la Hoja.
Narrador General
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04-09-2026, 03:59 PM
[Fin del Capítulo 1] El Llamado de la Hoja.

Día 70 de Verano: Habían transcurrido diez días desde que la delegación de Konoha regresó del País de las Olas, diez días durante los cuales el contenido de aquellas reuniones permaneció restringido a los niveles más altos de la administración. La aldea había retomado su rutina exterior, pero aquella mañana algo rompió por completo esa apariencia de normalidad. Una convocatoria firmada directamente por el despacho del Hokage fue distribuida entre todas las unidades, clanes y dependencias shinobi de Konoha: todo ninja disponible debía presentarse en los campos de entrenamiento situados al norte del Distrito Uchiha. No se trataba de una ceremonia, de un examen ni de una movilización ordinaria. Las misiones no esenciales habían sido pospuestas, los equipos que se encontraban dentro de la aldea recibieron orden de concentrarse allí y los accesos al sector comenzaron a cerrarse desde las primeras horas del día.

El campo de entrenamiento había sido transformado para recibirlos. En el extremo norte se levantaba una tarima de madera amplia y elevada, construida para que pudiera ser vista desde prácticamente cualquier punto del terreno, mientras que el resto del espacio permanecía despejado para alojar a cientos de shinobi. Patrullas especialmente asignadas controlaban cada acceso y mantenían un segundo perímetro entre los árboles circundantes; ningún civil podía atravesarlo, sin importar rango social, vínculo familiar o posición administrativa. Las identificaciones eran comprobadas antes de permitir el paso y los puntos elevados permanecían vigilados continuamente, dejando claro que cuanto estuviera a punto de ocurrir debía permanecer exclusivamente entre miembros de las fuerzas de Konoha. Incluso el tránsito habitual alrededor de aquella parte del Distrito Uchiha había sido desviado para mantener curiosos lejos del lugar.

Sobre la tarima esperaba prácticamente toda la estructura de liderazgo de la aldea. Akihiro Sarutobi, Primer Hokage y líder del clan Sarutobi, ocupaba la posición central; a poca distancia se encontraba Shinodera Nara, su principal consejero y estratega, acompañado por Shiori Uchiha, capitana de las Fuerzas Armadas de Konoha. Junto a ellos estaban Miyako Senju, Hayato Aburame, Hana Inuzuka, Daichi Akimichi, Asuka Yamanaka y Renshiro Hyuga, reunidos en una misma línea pese a representar clanes, doctrinas y responsabilidades profundamente diferentes. Era extremadamente raro verlos a todos fuera de una sesión privada del consejo, y todavía más extraño encontrarlos expuestos ante la totalidad de las fuerzas shinobi al mismo tiempo. Aquella sola imagen bastaba para convertir la convocatoria en algo diferente a cualquier anuncio administrativo ordinario.

Poco a poco, el campo comenzó a llenarse. Jounin, Tokubetsu Jounin, Chuunin y Genin fueron ocupando el terreno frente a la plataforma conforme superaban los controles de acceso, algunos todavía vistiendo el equipo con el que habían regresado de patrullas o entrenamientos esa misma mañana. Escuadrones completos se mezclaban con ninjas que habían acudido individualmente, miembros de los grandes clanes compartían espacio con shinobi sin apellido reconocido y distintas generaciones de Konoha quedaban reunidas bajo una misma convocatoria. Desde la tarima, los dirigentes podían contemplar algo pocas veces reunido de aquella manera: una parte considerable de la capacidad militar de la Hoja concentrada en un único lugar. Sin embargo, no había formaciones de guerra, distribución de objetivos ni señales de una partida inmediata; únicamente una espera cada vez más pesada mientras los últimos convocados atravesaban el perímetro.

Cuando finalmente los accesos principales fueron cerrados y los guardias confirmaron que nadie ajeno a las fuerzas shinobi permanecía dentro del recinto, la actividad fue apagándose gradualmente. El viento recorría la hierba del campo y agitaba los estandartes colocados junto a la plataforma, mientras detrás de Akihiro permanecían los ocho líderes que, durante los últimos días, habían conocido aquello que la mayoría de Konoha todavía ignoraba. Diez días antes, el Hokage había regresado del País de las Olas después de abandonar una negociación rota con Kirigakure; ahora había llamado a toda su aldea shinobi para hablarles directamente. Lo sucedido en el bosque, la existencia de los Sellos, la situación del mar y la ruptura con Kiri ya no podían permanecer únicamente dentro de una sala del consejo. Por primera vez, aquella crisis estaba a punto de dejar de ser un asunto entre Kage y convertirse en un problema de toda Konoha.
時
⏳ Tiempo expirado
El límite de 72 horas para postear ya se cumplió.
Alex Arceo
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05-09-2026, 05:10 AM
¿Y bueno… ahí estaba el gordillo, con una bolsa de papas entre el público, tal y como lo marca la norma de los npc, tan tranquilo y distraído como podría estar alguien que no guarda ningún problema con el alrededor….

ÑOM ÑOM ÑOM

Aquel momento para el Akimichi era uno glorioso ¿se le consideraba por fin? La realidad es que siempre se le considero, pero un raro sentimiento de inferioridad lo detuvo siempre

ÑOM ÑOM ÑOM

Mantenia la educada vista mientras el gennin superaba los controles de acceso donde sugirienron que tirara su comida… nada de comida dentro.

ÑOM ÑOM ÑOM ÑOM

Era un avaricioso, nada se iba a desperdiciar, si debía abandonar algo, ese algo seria la basura de las papas a la que llames “bolsa” …

ÑOM ÑOM ÑOM ÑOM ÑOM

Haría apresurado para que le dejasen pasar, ¿Qué era ese “a donde”? ¿este es le nivel?

El chico se sentiría profundamente decepcionado al saber que no le dejaban pasar con alimentos… ¿Qué debía decirle a los demás? No lo sé…se le había llamado y ahora estaría sentado esperando en el lugar menos obvio y menos llamativo posible… hasta adelante….

ÑOM ÑOM ÑOM ÑOM ÑOM

¿de donde diablos había sacado otra bolsa de papas fritas?
Akira Hyuuga
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05-09-2026, 12:59 PM
El aire matutino dentro de la habitación se estancaría con una densidad impropia de un día común en Konoha, un silencio espeso que contrastaría de forma violenta con la falsa normalidad que las autoridades intentarían proyectar hacia el exterior. Al cruzar los umbrales de las calles, la atmósfera se percibiría tensa, cargada de un recelo sordo que recorrería los cimientos de la aldea. Los comentarios cruzados entre los comerciantes en los callejones aledaños y los murmullos apagados de los transeúntes apuntarían de inmediato hacia un único epicentro: el reciente y hermético regreso de la delegación oficial desde el País de las Olas. Aquella misión diplomática, envuelta en un secretismo absoluto y coronada por la rigidez pétrea en los rostros de los altos mandos, habría culminado en un estrepitoso fracaso, fracturando los frágiles equilibrios con las fuerzas de Kirigakure. Todo parecería fuera de su eje habitual, como si los engranajes invisibles de la política ninja comenzaran a rechinar bajo un peso descomunal, presagiando una ruptura de proporciones catastróficas.

Mientras se sumergiría en la pila con agua fría para despejar el cuerpo y adormecer la tensión acumulada en las fibras musculares, su mente comenzaría a diseccionar cada cabo suelto de aquel rompecabezas geopolítico. El agua, helada contra su piel, serviría como un estímulo necesario para ordenar las ideas mientras analizaría las posibles ramificaciones del conflicto. ¿Qué clase de exigencias inaceptables o afrentas diplomáticas habrían tenido lugar en las costas orientales para provocar una reacción tan drástica por parte del Hokage? La ruptura con Kiri no constituiría un simple desacuerdo comercial; implicaría un cambio radical en el tablero de alianzas, un choque inevitable donde los intereses de las grandes potencias desgarrarían la frágil estabilidad de las aldeas menores. Cuestionaría si la reconstrucción del Puente Naruto Uzumaki y la reciente incorporación a la Segunda Coalición habrían funcionado como el detonante o el pretexto perfecto para una escalada militar. Conforme el jabón limpiaría los restos de salitre y fatiga de sus jornadas previas, sus conjeturas girarían en torno a la inevitabilidad de la guerra: si los Kages hubieran roto las negociaciones de esa manera, los tratados de paz dejarían de valer el pergamino en el que estarían escritos.

Al salir del agua, el vapor se disiparía lentamente en el cuarto de baño mientras procedería a secarse con meticulosidad monástica. De regreso en la habitación, comenzaría el ritual de vestimenta con una lentitud deliberada, cada prenda ajustándose con la precisión quirúrgica de quien sabrían que cada segundo cuenta. Primero la ropa oscura interior, luego los protectores de malla de acero que cubrirían sus extremidades, y finalmente el chaleco táctico de Chuunin, cuyas hebillas darían un chasquido seco al cerrarse sobre su torso. Sus ojos se detendrían en el rincón donde Makey, su fiel gato blanco, permanecería acurrucado sobre una manta raída. El felino fijaría en él esa mirada singular y perturbadora provista de heterochromia perfecta: un ojo de un azul gélido y profundo, como el hielo de los picos norteños, y el otro de un violeta magnético que parecería guardar los secretos de eras olvidadas.

—Dime, Makey —murmuraría en voz baja, inclinándose ligeramente hacia el animal mientras ajustaría las correas de su equipo—, dime si los que mandan arriba habrán perdido la razón por completo. El mar siempre cobra sus tributos en naufragios y mareas altas, pero esto parecería una factura diseñada para cobrársela a toda la Hoja de golpe. ¿Crees que la sangre derramada en las costas valdría la pena para saciar el orgullo de un Kage?

Makey parpadearía con extrema lentitud, un gesto felino que transmitiría una mezcla de olímpica indiferencia y silenciosa advertencia ancestral. Ante el silencio del animal, Akira continuaría su monólogo interno, proyectando respuestas imaginarias en la postura estática del gato.

—Tienes razón, el silencio sería la única respuesta sensata cuando los hombres deciden jugar a ser dioses con la vida de los demás —añadiría, asintiendo levemente ante la suposición de que el felino comprendería la gravedad del momento—. Pero el silencio de los despachos altos habría terminado. Nos han convocado a todos, sin excepción. Y cuando los altos mandos deciden reunir a cada shinobi disponible a plena luz del día, significaría que el peligro ya no estaría confinado en informes confidenciales ni en misiones encubiertas; estaría tocando las puertas de nuestras casas.

Con un movimiento fluido, tomaría su capa blanca, aquella pieza ligera y pulcra cuyos bordes ostentarían un delicado bordado con tomoes decorativos que denotarían tanto su disciplina como su particular sentido del cuidado personal. Acomodaría la cama enrollada con precisión milimétrica sobre la parte superior de su chaleco táctico, asegurándola con correas de sujeción para que no estorbaría sus movimientos en caso de una gresca repentina. Tras una última mirada circular a la habitación para constatar que todo quedaría en orden, cruzaría el umbral y cerraría la puerta a sus espaldas, abandonando el refugio de su hogar para sumergirse en las calles cada vez más concurridas de Konoha.

La caminata hacia el norte estaría marcada por una atmósfera opresiva. Los transeúntes comunes evitarían las inmediaciones del Distrito Uchiha, conscientes de que algo grave sucedería tras las líneas de control militar. A medida que avanzaría, el paisaje urbano mutaría drásticamente: las patrullas regulares habrían sido reemplazadas por operativos especiales, ninjas de unidades de rastreo y seguridad con rostros inescrutables que revisarían cada credencial con una minuciosidad enfermiza.

En el primer control de acceso, un par de centinelas de miradas severas interceptarían su paso. Akira exhibiría su identificación de Chuunin con total serenidad, permitiendo que los agentes inspeccionaran su equipo.

—¿Lleva consigo sustancias prohibidas, alimentos o artefactos no reglamentarios? —preguntaría el oficial al mando con voz secante.

—Ninguno —respondería Akira con tono formal, manteniendo la compostura mientras su mente analizaría la rigurosidad del interrogatorio.

Al notar que algunos shinobi rezagados habían sido obligados a deshacerse de raciones de comida y bolsas de provisiones en contenedores improvisados —recordando vagamente la estampa de algún compañero despistado que intentaría colar un refrigerio antes de ser interceptado—, Akira agradecería mentalmente haber consumido sus alimentos con anterioridad. Las medidas superarían con creces el despliegue observado durante el incidente de las Aves; si aquello había requerido discreción y operativos quirúrgicos en la penumbra, la situación actual exigiría una movilización pública y masiva, una señal inequívoca de que la crisis habría rebasado todos los protocolos habituales.

Al superar el último cordón de seguridad, el vasto campo de entrenamiento situado al norte del Distrito Uchiha se abriría ante sus ojos con una amplitud sobrecogedora. Cientos de shinobi ocuparían el terreno de manera heterogénea: desde novatos Genin con las mochilas todavía cargadas de polvo hasta veteranos Jounin con las cicatrices visibles de mil refriegas, todos reunidos bajo un silencio pesado que contrastaría con el murmullo de una muchedumbre contenida. El viento recorrería la hierba y agitaría los estandartes oficiales colocados junto a la imponente tarima de madera elevada en el extremo norte.

Para dejar de elucubrar sobre los motivos reales de aquella cita obligatoria y asegurarse de escuchar de primera mano la justificación de los líderes, comenzaría a abrirse paso entre la densa masa de cuerpos con una paciencia milimétrica. Deslizaría sus pasos con sutileza, esquivando miradas recelosas y colándose por los intersticios de la formación compacta de escuadrones enteros. Entre los rostros tensos de sus compañeros, notaría la presencia de figuras pintorescas y distracciones menores que intentarían mantener una calma absurda en medio del rigor castrense —como la silueta lejana de algún miembro del clan Akimichi que parecería más preocupado por reponer bocadillos prohibidos que por la gravedad del entorno—, pero Akira mantendría su atención fija en el objetivo principal.

Avanzando metro a metro, lograría ubicarse lo más cerca posible de la plataforma central. Desde esa posición privilegiada, alzada justo frente a la estructura donde Akihiro Sarutobi, el Primer Hokage, flanqueado por Shinodera Nara, Shiori Uchiha y el resto de los líderes de clan aguardarían el momento de romper el silencio, Akira plantaría su postura. Alzaría la vista hacia la tarima, con la cama blanca y sus tomoes decorativos firmemente sujetos sobre su chaleco táctico, preparado para escuchar el veredicto que determinaría el destino inmediato de toda la aldea.
[Imagen: JK2RddW.png]
AsunaMatata
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05-09-2026, 08:14 PM
El sonido de unos golpes suaves contra la ventana terminó por arrancarme poco a poco del sueño. Fruncí ligeramente el ceño y me removí entre las sábanas, buscando instintivamente una postura más cómoda, como si de aquella manera pudiera convencer al sueño de que todavía no era momento de abandonarme. Mi cabello, completamente revuelto, se había extendido sobre la almohada y parte de mi rostro. Dejéescapar un pequeño suspiro antes de entreabrir los ojos. - Cinco minutos mas… - Susurré. Durante unos segundos permanecí inmóvil, todavía atrapada entre el sueño y la vigilia, con las sábanas cubriéndome hasta casi los hombros. Estiré lentamente los brazos por encima de mi cabeza, arqueando ligeramente la espalda mientras un bostezo escapaba de mis labios. Aquella sensación de calor y comodidad hacía que levantarme pareciera una tarea demasiado exigente para aquella hora de la mañana.

- La convocatoria. - Resoplé, mientras un mechón de mi cabello se deslizaba con suavidad por mi rostro. Finalmente, con otro suspiro, conseguí reunir la voluntad suficiente para abandonar la cama. El suelo frío bajo mis pies terminó de despertarme de golpe, haciendo que me encogiera ligeramente sobre mí misma mientras me dirigía hacia el baño. Necesitaba despejarme antes de salir, así que me lavé la cara con agua fría y me arreglé el cabello lo mejor que pude. - Bueno, aceptable. - Me sonreí a mi misma en el espejo. Me quité el pijama y me puse mi ropa habitual. - Perfecta.

Antes de marcharme pasé por la cocina y tomé algo rápido para desayunar. No tenía demasiado hambre y, además, la curiosidad comenzaba a ganarle terreno a la pereza.. Mientras terminaba, no podía dejar de pensar en aquella convocatoria. “¿Por qué llamar a tantos ninjas de repente?” No era habitual que nos reunieran de aquella manera, y mucho menos con todas aquellas medidas de seguridad.

- No llevo nada. - Dije mientras sentenciaba con la mirada al encargado de registrarnos. - ¿Ves?. - Coloqué mis manos a la altura del pecho, creando una especie de barrera invisible entre ambos para que no se acercase. Con mi atuendo era imposible esconder ningún tipo de arma. Pareció entender de que iba todo aquello, pues conseguí pasar sin un cacheo. “Fiu”. - Respiré aliviada.

Mis ojos recorrieron el lugar con cierta curiosidad, deteniéndose de vez en cuando en alguna cara conocida. Reconocí a algunos compañeros. Mis ojos volvieron a recorrer la tarima una vez más, deteniéndose esta vez en la figura que ocupaba el centro. Tardé apenas unos segundos en reconocerlo, pero cuando lo hice mi expresión cambió por completo. “¿¡El hokage!? “. - Mi mirada pasó entonces por el resto de personas que lo acompañaban. Todos aquellos líderes reunidos en una misma tarima tampoco eran algo que se viera todos los días. De repente, las medidas de seguridad, la cantidad de shinobi convocados y el cierre de los accesos comenzaron a tener mucho más sentido.

Fui moviéndome ligeramente por entre la multitud. “¿?”. Alguien masticaba con fiereza. “Esta… ¿comiendo patatas?” . - Me fije en un chico, el cual parecía tener una edad similar a la mía, no demasiado interesado en lo que nos pudieran decir. “En fin”. - En la distancia pudo ver algo, una melena larga bastante reconocible. “Akira”. - Sonreí ligeramente al verlo abrirse paso entre la multitud buscando acercarse lo máximo posible para escuchar. “Al menos alguien sensato”. - Por suerte para mi, tenía buen oido y podía permitirme alejarme un poco de toda la muchedumbre.


OFF: Vamos a morir todos!! Atuendo tal cual la fotito UwU
[Imagen: Captura-de-pantalla-2026-10-12-100635.png]
Daeru Uchiha
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06-09-2026, 04:13 AM
El ambiente en el distrito Uchiha se sentía distinto desde hacía un par de días. Había mucho más movimiento de lo habitual, parte del perímetro había sido cerrado y se había instalado una estructura que seguramente serviría como plataforma para algún discurso. Daeru había escuchado por las calles que se trataría algo relacionado con las negociaciones con la Gente del Mar, algo que le hacía bastante sentido. Él mismo había formado parte de la delegación enviada al País de las Olas y pudo percibir que las cosas no habían salido como esperaban. Al menos eso denotaba el ambiente durante aquella larga travesía de regreso a casa.

Acompañado de un pequeño nudo en el estómago, Daeru se levantó temprano. Había sido citado junto al resto de los ninjas de la aldea y no quería llegar tarde. Se dirigió hacia la puerta, pero antes de alcanzarla un fuerte olor a alcohol le hizo respingar la nariz. Era un olor que había aprendido a detestar. Al pasar por la sala encontró a su padre borracho sobre el sillón, con una botella en la mano y balbuceando insultos contra los altos mandos de la aldea, quejándose de lo innecesario que era reunir a todo el mundo prácticamente frente a su casa. Daeru bajó ligeramente la mirada y continuó caminando. No tenía ganas de discutir con él, mucho menos aquella mañana.

Una vez superados los controles logró ingresar al perímetro. La cantidad de personas reunidas le resultaba incómoda, por lo que durante los primeros minutos se mantuvo apartado, hasta que comenzó a reconocer algunos rostros. Vio a varios genin conocidos y también a algunos ninjas con los que había compartido misiones durante su estadía en el País de las Olas. Aquello consiguió tranquilizarlo un poco. Finalmente encontró un lugar detrás de unos chūnin y centró su atención en la plataforma. Allí estaba el Hokage y, junto a él, la inconfundible Shiori Uchiha, capitana de las fuerzas armadas de la aldea, además de varios representantes de los clanes. No era habitual ver a tantos de los ninjas más importantes de Konoha reunidos en un mismo lugar.

Daeru permaneció en silencio observándolos. A diferencia de muchos de los presentes, él había formado parte de la delegación enviada al País de las Olas y estuvo allí cuando ambos grupos se reunieron. Sin embargo, siendo un simple genin, desconocía por completo qué había ocurrido durante las negociaciones. Tragó saliva y fijó la mirada en la plataforma. «¿Qué habrá pasado en esas reuniones...?»
[Imagen: 1bb5716d6be2fa2b4e048ccb8fb0d90a.gif]
Hablo - «Pienso» - Narro
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Natsu Ashida
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06-09-2026, 05:28 AM
— Woah...

Me quedé mirando impresionado la cantidad de gente frente a mí. Había recibido convocatorias para reuniones antes, pero ninguna como esta.

— ¡Está a reventar de gente!

Cuando la orden llegó, lo primero que pensé fue que probablemente alguien había cometido algún error. No porque no fuera capaz de leerla, sino porque me parecía extraño que estuvieran llamando a todos los shinobi disponibles de la aldea para reunirse en un mismo lugar.

Incluso los genin habían sido convocados.

Eso era lo que más me resultaba extraño. Podía entender que llamaran a los chunin, jounin y a todos aquellos que realmente se encargaban de las cosas importantes de la aldea, ¿pero también a nosotros? ¿Qué se suponía que podía aportar un montón de genin a una reunión que, por la forma en que estaba organizada, claramente no parecía algo normal?

Y, aparentemente, no era opcional.

«Qué fastidio...»

No tenía ni idea de qué estaba ocurriendo. La convocatoria no explicaba demasiado y, por alguna razón, eso solo conseguía volverla más molesta. Si querían que fuera a algún sitio, podían haber dicho directamente para qué. Habría sido mucho más sencillo. Aun así, terminé dirigiéndome hacia los campos de entrenamiento situados al norte del Distrito Uchiha, y a medida que me acercaba, comencé a notar que aquella no era una reunión normal.

¡Había shinobi por todas partes!

Algunos caminaban solos, otros llegaban junto a sus compañeros y varios grupos parecían haberse reunido antes de dirigirse al lugar. Vi shinobi de edades muy diferentes. Algunos parecían incluso más jóvenes que yo, mientras que otros dejaban bastante claro que llevaban muchos más años dedicándose a aquello.

No reconocí a nadie.

Bueno, probablemente había visto a alguno antes por las calles de Konoha, pero no era como si pudiera recordar a todas las personas que vivían en una aldea de aquel tamaño.

— ¿Pero cuánta gente hay aquí...? — Murmuré mientras continuaba avanzando.

Los controles de acceso tampoco ayudaban a hacer que todo aquello pareciera menos extraño. Los guardias revisaban las identificaciones antes de permitir el paso y los alrededores estaban mucho más vigilados de lo habitual. Incluso podía distinguir shinobi apostados en distintos puntos del perímetro, atentos a cualquiera que intentara acercarse.

No hacía falta ser especialmente inteligente para comprender que aquello era importante, y eso me molestaba un poco, porque cuanto más importante parecía la reunión, más probable era que terminara siendo aburrida.

Tras superar el control, finalmente llegué al interior del campo. Me detuve durante unos segundos para observar los alrededores. Si desde afuera ya parecía que había demasiada gente, desde dentro la escena era todavía más impresionante. Había una cantidad enorme de personas reunidas frente a una gran plataforma de madera situada al extremo del terreno. El lugar continuaba llenándose poco a poco y el murmullo de cientos de voces se extendía por todas partes. Por un momento, simplemente permanecí observando la escena. Nunca había visto tantos shinobi reunidos al mismo tiempo.

Mi mirada terminó dirigiéndose hacia la tarima. Incluso yo podía darme cuenta de que las personas que se encontraban allí eran importantes. Al Hokage, por supuesto, sí lo reconocía. Del resto, podía distinguir algunos símbolos y apellidos de los grandes clanes de la aldea, aunque sinceramente no estaba demasiado seguro de quién era quién. Tampoco había dedicado mucho tiempo a memorizar esas cosas. Había intentado aprender cosas más interesantes, como técnicas... o formas de hacer que mis puños golpearan más fuerte.

— Hmm... — Me crucé de brazos y entrecerré ligeramente los ojos mientras observaba la plataforma. Aquello empezaba a despertar mi curiosidad.

Si habían reunido a todos aquellos shinobi y prácticamente cerrado una parte de la aldea para hacerlo, entonces algo importante estaba a punto de ocurrir.

La pregunta era qué.

Finalmente, busqué un lugar entre la multitud desde el que pudiera ver la tarima con claridad. No conocía a nadie con quien quedarme y tampoco tenía intención de perder el tiempo buscando rostros conocidos entre tanta gente, así que simplemente me hice un hueco entre la multitud y dirigí mi atención hacia la plataforma.

Mis ojos recorrieron nuevamente a los shinobi reunidos a mi alrededor. Había demasiados, y todos habían recibido la misma orden.

— "Más vale que esto sea interesante." — Pensé mientras volvía la mirada hacia la plataforma.

Después de todo el problema que me había tomado llegar hasta allí, esperaba que al menos hubiera una buena razón para haber reunido a media aldea. Ahora solo faltaba que alguien explicara qué demonios estaba pasando.
[Imagen: 9oeXPFe.gif]
« Hablo || "Pienso" || Narro »
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Uchiha Keisuke
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06-09-2026, 05:08 PM
Que fastidio… Una convocatoria militar, eso no le traía buena pinta. Esperaba que no fuera una guerra. El Uchiha no quería perder a sus seres queridos por la idiotez de personas en el poder. Aunque podría experimentar con los cadáveres enemigos dejados en el campo de batalla, estudiarlos y ganar un poco de más dinero curando Uchihas y Konohanienses, pero ¿a costa de qué?

Keisuke tuvo una crisis existencial en su casa debido a… bueno, muchas cosas, en la cual su padre tuvo que intervenir y ponerlo en su lugar, calmándose poco a poco con el abrazo de sus hermanas. Su trastorno lo había sacado de la realidad por una media hora y poco a poco fue volviéndo en sí con ayuda de su familia. Su padre había sido bastante tosco con sus palabras, y curó la herida que el mismísimo Uchiha se había hecho en el antebrazo con un cuchillo, vendándola para que la sangre no corriera más.

-Así es la vida. Cruel, injusta… - Le recordó el Uchiha mayor.

-Así no debería ser la vida. - Reclamó con una voz apagada Keisuke.

-Pues te tocará aspirar a Kage y hacer lo que tu creas conveniente para el pueblo.

-¿De qué vale vivir una vida…? - Suspiró. -Nada. Ya me voy.

-Cuidado con lo que dices y como te comportas allá. No quiero tener que sacarte de la cárcel o verte ejecutado por un comentario inapropiado.  - Dijo con un tono de voz serio y que para Keisuke parecía frío. -Somos tus padres ¿sabes? También sentimos por ti. - Se sinceró.

-…….. Cuidense. - Alzó la mano para despedirse de sus hermanas y su padre. Abrazó a su madre que tenía una mirada perdida en el sofá de la casa. Se fue caminando.

Lo malo de ser un Uchiha era tener la maldición de sentir intensamente.

Keisuke caminaba a solas por por el Distrito Uchiha. Su mirada era apagada y sus ojos estaban rojizos como si hubiera llorado y/o sufrido bastante. El de cabellos azabache intentaba componer su postura mientras pensaba en la posibilidad de ser Hokage tal cual le comentó su padre. ¿Acaso sería la salida…? Mientras caminaba se encontró con un Daeru Uchiha a unos pasos más allá. Su mirada cruzó a los ojos con la de él. Esta vez Keisuke no tenía algodón de azúcar para compartir con el Uchiha contrario. ”¿Y tu…? ¿Piensas igual? ¿O qué piensas realmente…?” - Pensó sin acercarse a Daeru. Eran cosas y diversos temas que querría hablar con alguien del clan Uchiha, pero ajá, las apariencias y todas esas pelotudeces…. Solo le sonrió levemente mientras lo miraba con curiosidad aún con los ojos apagados, para luego girar la cabeza y seguir su camino hacia el punto de reunión.

Como todos los Ninjas, tuvo que hacer una fila deeerrrr diablo para validación y etc y al final logró entrar. Ya para este punto había perdido de vista a Daeru porque cada quien se fue por su camino. Pero en la fila logró ir recuperándose de la crisis.

Allá adentro escuchó cerca una bolsa de papitas y un ñom ñom ñom ñom ñom. Miró a su lado y miró a Alex Akimichi. Ladeó su cabeza de lado y se acercó. -¡Buenos días, caballero! - Respondió con una sonrisa. -¿Podría compartirme algunas papitas? - Lo miró emocionado esperando que si. Si él accedía, le daría las gracias y comería papitas. Pero si le decía que no, le sonreiría y se iría caminando.

No muy lejos de allí estaba Asuna. El Uchiha la miró de lejos y le dedicó una sonrisa con su mirada ensombrecida (sombra bajo los ojos como anime, que se vea creepy (?)). ¿Sonrisa amable? ¿Sonrisa de descaro? ¿Sonrisa de ironía? Ya él no sabía como tratar a esa señorita así que ni loco se le acercaba. Un escalofrío corrió su cuerpo al acordarse… Pero bueno, al menos eran capaces de trabajar en equipo cuando era necesario.

No muy lejos de allí estaba Akira Hyuuga, con quien había compartido misión, se había peleado, él había mostrado mucho respeto hacia el Uchiha y a Keisuke le daba gusto verlo. Esbozó una sonrisa y salió corriendo… Bueno, empezó a correr pero luego mejor caminó para evitar regaños (?) hacia el Hyuuga.

-¡Akiraaaa-saaaaaaaaaaaaaaan! - Se tiró sobre él y le dió un abrazote que le sacó el aire. Un abrazote de esos de hermano. Lo agarró de la cintura y lo cargó un poquito. Le revolvió el cabello y volvió a abrazarlo.

-¡Tanto tiempo, Akira-saaaaaaan! - Dijo emocionado. -¿Dónde están los demás? Ya no los he vuelto a ver. Joder, los extrañé a todos. - Puso su cabeza sobre el hombro del Hyuuga, porque si, porque así era Keisuke, cuando una persona le agradaba se le apegaba o la protegía. Pero luego ya se apartó. -¡No creas que me he quedado en la aldea haciendo nada ehh! Ya soy un poco más fuerte y verás que volveremos a enfrentarnos. - Le sonríe. -Por cierto, pedazo de desgraciado… ¡Felicidades por tu ascenso a Chuunin! Si algún día me necesitas, aquí estoy. ¡Saludos a tu gato! - Mencionaba feliz por la evolución de su compañero. A todo esto, por ahí notó que había un pelirrojo que nunca había visto, un tal Natsu Ashida. Lo miró con curiosidad y le sonrió también, para seguir luego hablando con Akira.
Uchiha buenazo :3

Ficha || [Registro] - Uchiha Keisuke || Cronologias del Doctor de la Muerte
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Daralth Uchiha
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06-09-2026, 05:42 PM
Pausada, tranquila, conteniendo su emoción por haber sido convocada. Daralth cubría su brazo derecho poco a poco con las vendas, aquellas vendas que le caracterizaban. Se sentía protegida cubriendo su piel, cubriendo su rostro. Caminó hasta una de las paredes donde colgaba un pequeño espejo. Su mirada se clavó en su propia imagen y no pudo evitar soltar un suspiro. Aliento que liberaba tensión, nervios y algo de miedo ¿Sería capaz de estar a la altura? Su mente estaba ahogada en pensamientos y dudas, pero su cuerpo reaccionaba no a sus pensamientos, si no a su deseo de aportar a la aldea todo lo posible. Continuó cubriendo su cuello, su rostro hasta quedar completamente cubierta. Abrió el primer cajón de la alacena. Una túnica granate con capucha estaba planchada y perfectamente doblada. Con un ágil movimiento la sacó y se cubrió el cuerpo. Por un momento parecía que el tiempo se había detenido mientras aún permanecía mirando su reflejo ahora completamente cubierto. Aún faltaba lo más importante. Aún sentia cierta desnudez. Rebuscó por el cajón y allí estaba entre más y más vendas ordenadas. Sostuvo la bandana ninja por unos segundos. Apartó la mirada de su reflejo para observar el frío metal con el símbolo de la nación. Apretó sus manos por un instante para poder sentir la tela negra apenas usada. Volvió a mirarse al espejo mientras se aseguraba de que la bandana quedaba bien sujeta al cuello. Un suspiro acompañado de un gesto de afirmación. Ya estaba lista, era hora de partir.

Apenas unos días que había conseguido ser ninja y la situación la llevó a ser convocada para algo que superaba por completo sus nociones sobre la política. Pero tenía algo claro, si konoha le llamaba, ella acudiría. Bajó con prisa las escaleras. En el comedor, su padre y su madre mostraban una imagen muy familiar. Su padre sentado leyendo lo que parecía un noticiero mientras su madre parecía cocinar un guiso. Daralth no prestó mucha atención.

— Adiós Mamá, adiós Papá ... — dijo con su tono amable y filoso sin darles tiempo a respuesta. Pero antes de que cerrase la puerta, pudo ver la mirada de su padre. Una mirada llena de orgullo. Su hija se había convertido en ninja, y no solo eso, la tenían en cuenta. Aquellos ojos parecían suponer un poder mayor que cualquier doujutsu. Recordaría aquella mirada fraternal como alimento cuando las sombras y el miedo se apoderasen de ella.

No vivía lejos de los campos de entrenamiento. El paseo era corto. Tan corto que no le dió demasiado tiempo a carcomerse en pensamientos intrusivos y dudas sobre si era o no era capaz de estar a la altura. Autoimponiendose un valor por encima de lo que realmente se esperaba de ella como kunoichi. A fin de cuentas, aquello se podría incluso considerar su primera misión oficial.

Pronto las puertas se dislumbraban. Podía ver como más ninjas parecían congregarse, para ella, todos desconocidos. Algún rostro uchiha podía reconocer, parientes lejanos, amigos de sus padres. Había también algún que otro jovencillo lo que le reconfortaba no ser la única inexperta. Algo nerviosa por dentro, pero firme en sus gestos, entregó su identificación al guarda del portón. Con una mirada algo negativa dejó pasar a la Uchiha quien cubría su rostro para no verse tan joven y que no la infravalorasen tan solo por su edad. 

— Gracias.— apenas miró al guarda que le devolvía su identificación. Su atención era plena en ver ya lo que había en el interior.

No era la primera vez que pisaba los campos de entrenamiento. Aquel lugar no era desconocido, pero el ambiente, era completamente diferente a cualquier cosa que hubiera vivido. Un escalofrío recorrió el cuerpo de la muchacha quien quedaba parada observando todo a su alrededor. Recordando cada cara, cada voz, cada gesto. Analizando los comportamientos. Los habían enfadados, otros cansados y alguno que otro parecía mostrar indiferencia masticando lo que parecía una bolsa de patatas. Se deslizaba entre la gente como una pequeña sombra hasta que pudo ver el escenario central. Grandes hombres desconocidos pero cuya aura rellenaba cada espacio del lugar hicieron quedar perpleja e inmóvil como si de un genjutsu se tratase. El miedo y la emoción invadieron de la misma forma a la joven uchiha, quien ya estaba deseosa de saber que esperaban de ella.
Kuroto Uchiha
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06-09-2026, 10:11 PM
Última modificación: 06-09-2026, 10:14 PM por Kuroto Uchiha.
La convocatoria llegó sin más al buzón de la casa. Kuroto la leyó una segunda vez antes de guardarla. Todos los shinobi disponibles de Konoha debían presentarse en los campos de entrenamiento al norte del Distrito Uchiha. No hacía falta mucho más para comprender que aquello no era una reunión ordinaria. Habían pasado diez días desde su regreso del País de las Olas.

- Diez días después de Olas... Está claro que no es casualidad.

Preparó su equipo antes de salir, dedicando esta vez algo más de atención de lo habitual a su aspecto. Era su primera convocatoria desde el ascenso a Chunin y, aunque no veía necesario vestirse como si acudiera a una ceremonia, al menos procuró presentarse como correspondía a su nuevo rango. Ajustó Homurakiba a la cintura y comprobó sus herramientas. Nada más abandonar el Distrito Uchiha, la magnitud de la movilización resultó evidente. Los accesos estaban controlados, el tránsito civil había sido desviado y shinobi de todos los rangos llenaban progresivamente los campos. Al llegar a uno de los controles, mostró su identificación mientras los encargados revisaban a los convocados y preguntaban por alimentos, sustancias prohibidas y otros objetos no autorizados. Kuroto parpadeó una vez. Llevaba una katana, kunais, shurikens, senbons, hilos metálicos y suficiente equipo como para herir seriamente a muchas personas.

- Espero que no tengan problema con la katana...

Aparentemente, la comida era un asunto más delicado. Superado el control, continuó hacia los campos y dirigió la mirada hacia la tarima. El Hokage ocupaba el centro, acompañado por Shinodera Nara, Shiori Uchiha y varios de los principales representantes de Konoha. Semejante concentración de autoridad bastaba para comprender la importancia de lo que estaba a punto de ocurrir. Su atención se detuvo en Akihiro y Shiori. Ambos habían formado parte de la delegación enviada al País de las Olas. Entonces recordó las instrucciones recibidas antes de partir: ocultar la procedencia, ocultar los clanes y no hablar de aquello que vieran o descubrieran durante su estancia. Su expresión se endureció ligeramente al recordar la segunda.

- Sí... Esa parte salió especialmente bien.

Todavía recordaba el instante en que había pronunciado su apellido delante de todos. Una sola palabra había bastado para saltarse una de las órdenes más sencillas que les habían dado. Había intentado corregirlo después evitando utilizar cualquier apellido, pero el error ya estaba cometido. Apartó el pensamiento. Después llegaron los demás recuerdos. Los acantilados. Los cebos. Las jaulas. Velamar. El fugitivo. Aquello había sido solamente una parte de lo ocurrido durante aquellos días. Mientras ellos recorrían el País de las Olas, las conversaciones entre los altos mandos habían permanecido lejos de su alcance. Kuroto nunca había sabido qué había ocurrido realmente allí.

- Parece que no terminó demasiado bien.

No intentó acercarse innecesariamente a la tarima ni buscar conversación entre la multitud. Encontró un lugar desde el que pudiera observar y escuchar con claridad y permaneció allí, con una mano descansando sobre la empuñadura de Homurakiba como de costumbre. Su mirada quedó fija en el Hokage y se limitó a esperar. Quizá por fin descubriría qué había ocurrido realmente en el País de las Olas.
Chota Akimichi
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07-09-2026, 04:21 AM
La caminata desde nuestra casa hacia el norte del Distrito Uchiha había sido inusualmente silenciosa. A esas horas de la mañana, ver las calles vacías y fuertemente custodiadas era demasiado extraño. Yo caminaba al lado de mi padre, Oden Akimichi, con la intriga comiéndome por dentro.

—Papá... —rompí el silencio y sin hablar muy alto para que solo mi padre pudiera escucharme—. Una convocatoria general no es algo que se vea todos los días. Incluso suspendieron la misión que me habían asignado para hoy. Y también hay varios sectores de la aldea con una seguridad exagerada. ¿Qué demonios está pasando?

Mi padre al escucharme no estuvo su andar ni volteo a mirarme, simplemente siguió caminando mientras suspiraba y se rascaba la cabeza, quizá pensando que decirme. Mi padre probablemente ya había visto a la aldea pasar por situaciones difíciles.

—Seria muy imprudente de mi parte hablar de cosas que no sé. Solo he escuchado rumores que se han colado dentro del clan —me respondió mucho antes de llegar al control de acceso a los campos de entrenamiento—. Parece que el Hokage hará un anuncio importante, pero solo ha convocado al poder militar de la aldea, es decir, es un anuncio que probablemente involucre algún movimiento militar importante. No creo que sean buenas noticias.

Me quedé en silencio, procesando sus palabras mientras doblábamos la esquina hacia el perímetro de control.

—¿Crees que nos estamos preparando para una guerra?—pregunté, sintiendo un leve vuelco en el estómago.

Mi padre se detuvo un instante y me miró. Sus ojos reflejaban serenidad, y no tenían ningún rastro de alarma. Apoyó su mano izquierda sobre mi hombro derecho, transmitiéndome su calma.

—La paz es frágil, hijo. Pero el clan Akimichi no está para dejarse llevar por el pánico. Sin importar lo que esté por comenzar, la verdadera grandeza de nuestro clan siempre será la capacidad de proteger a quienes nos rodean sin importar las consecuencias. Si los tiempos difíciles llegan a Konoha, no quiero que pienses en el miedo ni en la incertidumbre. Piensa en tu aldea y en las personas que tienes a tu lado, y protégelas con todas tus fuerzas.

Escuchar aquello de mi padre me dejó sin palabras, así que solo pude asentir.

— Entendido papá. Confía en que así sera.

— Bueno, sigamos caminando que se nos hará tarde.

Poco después cruzamos el estricto cordón de seguridad. Miré con cierta pena varios contenedores que estaban a la entrada, llenos de comida decomisada, y finalmente nos adentramos en el vasto campo de entrenamiento.

La escena era impresionante: era un mar de ninjas de konoha. Mi padre y yo nos quedamos casi al final de la multitud. Como pude, alcé la cabeza hacia la tarima de madera y vi a Daichi-sama de pie junto al Hokage, la capitana Uchiha y el consejero Nara, representando al clan con una firmeza impecable.

— Están todos los líderes de los grandes clanes presentes. Se viene algo grande —pensé, tragando grueso.[/b]
Ryusuke Uchiha
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07-09-2026, 07:41 AM
Su casa quedaba a apenas unos minutos de los campos de entrenamiento, así que fue de los primeros en enterarse y de los primeros en llegar. La orden no dejaba lugar a interpretaciones: convocatoria general, firmada por el Hokage, ningún civil permitido. Ryusuke la leyó una sola vez, y no necesitó una segunda lectura para entender que aquello no era un simulacro ni una formalidad administrativa más. Apagó el cigarrillo contra el borde de un poste de madera, lo guardó a medio consumir en un bolsillo del chaleco y salió sin demorarse. A esa hora la aldea todavía conservaba algo de su ritmo habitual. Comerciantes abriendo persianas, un par de genin discutiendo turnos de guardia, pero bastaba mirar hacia el norte para notar el cambio. Escuadrones completos avanzaban en la misma dirección, algunos todavía con el polvo del camino encima, como si los hubieran interceptado a mitad de una misión. Nadie hablaba demasiado. Se limitaban a caminar, y eso le parecía mas que sospechoso. Era preocupante.

Cruzó el Distrito sin cruzarse con nadie que quisiera detenerlo a conversar, cosa que agradeció. No era buen conversador a primera hora de la mañana. Los controles de acceso ya estaban en marcha cuando llegó a la periferia del campo. Guardias revisando identificaciones una por una, patrullas apostadas entre los árboles, puntos elevados con vigías que no se molestaban en disimular su presencia. Mostró su banda sin que se la pidieran dos veces y avanzó hacia el interior del terreno, donde el espacio abierto ya empezaba a llenarse de gente.

Nunca había visto tantos shinobi juntos en un mismo lugar sin que mediara una guerra de por medio, y eso le preocupaba un poco. Jounin curtidos junto a genin que apenas ocultaban los nervios, clanes enteros mezclados con ninjas sin apellido conocido, generaciones distintas compartiendo el mismo pedazo de tierra. Reconoció caras de su propio clan dispersas entre la multitud, algunas con el mismo gesto serio que él llevaba, otras visiblemente más inquietas. No se acercó a ninguna. Prefirió quedarse un poco al margen, cerca del límite del gentío, en un punto desde el que pudiera ver bien la tarima sin quedar aplastado entre cuerpos. Desde ahí los observó a todos: al Hokage en el centro, flanqueado por su consejero, y un poco más allá, entre el resto de líderes de clan, a Shiori Uchiha. Verla ahí no lo sorprendió, era la capitana, su lugar era exactamente ese, pero notó el detalle de que ninguno de los ocho parecía cómodo. Ni siquiera ella, que solía manejar cualquier situación con una calma casi irritante. Eso, más que cualquier otra cosa, terminó de convencerlo de que lo que estaba por decirse no iba a ser agradable.

Cruzó los brazos y esperó. No era de los que hacían preguntas en voz alta ni de los que buscaban confirmación entre desconocidos sobre lo que estaba pasando. Prefería sacar sus propias conclusiones observando. Y lo que observaba no eran buenas señales, todo el liderazgo expuesto al mismo tiempo frente a la totalidad de las fuerzas shinobi. Pensó, de forma fugaz, en la delegación que había regresado del País de las Olas hacía diez días. Nunca había prestado demasiada atención a esos movimientos diplomáticos, no eran su rango ni su problema, pero la coincidencia de fechas no le pasó desapercibida. Diez días de silencio administrativo y ahora esto. No hacía falta ser un genio para atar cabos, aunque los cabos concretos todavía se le escaparan.

El viento cruzó el campo y agitó los estandartes junto a la plataforma. Ryusuke cambió el peso de una pierna a la otra, sin apuro, con la misma expresión distante de siempre, aunque por dentro algo se había tensado un poco más de lo habitual. Fuera lo que fuese que estaban a punto de anunciar, tenía la sensación de que ese día iba a marcar un antes y un después para todos los que estaban parados en ese campo. Se acomodó donde estaba y clavó la mirada en la tarima. Esperaría a que hablaran. Después, ya vería qué hacer con lo que dijeran.
Ibuki Inuzuka
Rango Chuunin
Clan Inuzuka
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07-09-2026, 07:21 PM
Que raro... Era muy raro que le hicieran un cacheo. Ibuki no estaba acostumbrada a esa clase de tratos. Usualmente la dejaban ir con sus armas a donde fuera; nadie cuestionaba demasiado lo que llevaba encima y, mucho menos, se molestaba en revisar cada cosa que escondía entre sus ropas.

Pero esta vez era diferente.

Llegó la hora de declarar todo lo que llevaba consigo y, sin demasiados problemas, la Kunoichi comenzó a dejar sus pertenencias sobre el mesón frente al supervisor. —Porta Kunais, con su juego de Kunais y Shurikens —comenzó a enumerar, dejando el primer conjunto sobre la mesa—. Dos juegos de Chakrams, un juego de Senbons diminutas, una Fuma Shuriken...

Cada objeto iba apareciendo sobre el mesón. —Dos Tanto, un arco con su carcaj de flechas, una nudillera Kunai... Un kit de trampas, con sus poleas y diversas cosas... Una bolsa llena de Tetsubishis... Y un kit de analgésicos, por si acaso.— La lista parecía no terminar nunca.

Finalmente, Ibuki terminó de vaciar el interior de su traje holgado, demostrando que, cada vez que sacaba algo, este había estado perfectamente oculto bajo la tela. Por fuera, su vestimenta no parecía tener espacio para semejante cantidad de cosas y, aun así, la Kunoichi había conseguido esconder prácticamente un pequeño arsenal entre sus ropas. Incluso en sus muslos, ocultos bajo aquella tela holgada, llevaba diversos artículos de guerra.

Era casi paradójico. A simple vista, su apariencia podía parecer humilde, sencilla e incluso pobre. Sin embargo, debajo de aquella apariencia había suficiente equipamiento como para hacer preguntarse al supervisor si realmente había terminado de revisar todo. Ibuki levantó entonces la mirada. —¿Debo declarar a los animales? Llevo varios tanukis.

Tras decir aquello, soltó un pequeño silbido. De entre sus ropas, por entre sus pechos y atravesando una de las aberturas de la tela, apareció uno de los pequeños animales. Aquellos cortes holgados no solo servían para esconder armas; aparentemente, también podían convertirse en refugio para animales. Incluso desde entre su cabello, un mapache asomó lentamente la cabeza. —Sin contar a Kiro, que es este mapache grandote que llevo al lado.

El enorme mapache, casi del tamaño de un lobo, apenas parecía tener ganas de caminar. Sin embargo, al escuchar su nombre, se puso de pie. Y fue entonces cuando, debajo de sus patas, varias pequeñas cabezas de mapache comenzaron a asomar. Ibuki volvió a silbar.

Como si hubieran recibido una orden perfectamente ensayada, todos los pequeños animales desaparecieron nuevamente entre sus ropas. El supervisor se quedó observándola durante unos segundos. —Deberías dejarlos aquí.

—¿Eeeh? ¿En serio? —preguntó Ibuki, preocupada—. ¿Y tendrán alguna clase de plaza o algo donde puedan jugar...?
—No.
—Bueno... como sea... —respondió, resignada—. Al menos Kiro puede pasar conmigo, ¿no?

Después de discutirlo durante unos momentos, finalmente le concedieron a Kiro un permiso especial para acompañarla. El resto de los animales, sin embargo, tuvo que marcharse.

Ibuki ingresó finalmente al área.

Lo primero que pudo ver fue la enorme tarima levantada al fondo del campo y, frente a ella, una cantidad absurda de shinobi reunidos. Cientos de personas ocupaban el lugar mientras las distintas figuras de autoridad permanecían sobre el escenario. Sin sus armas y sin sus compañeros, Ibuki se sentía extrañamente desnuda.

Por eso, apenas tuvo oportunidad, volvió a apoyarse sobre Kiro. Montada sobre el enorme animal, dejó caer todo su cuerpo sobre su lomo mientras este avanzaba lentamente, haciéndose paso entre las personas. Ibuki apoyó el pecho contra el pelaje de su compañero y rodeó su cuello con ambos brazos, dejándose llevar por él. La verdad... durante el último tiempo había tenido más cosas por las cuales pensar que por las cuales actuar.

En su hogar, los rumores comenzaban a hacerse cada vez más fuertes. Había movimiento, comentarios, miradas extrañas... pero nadie decía realmente nada. Era casi como si todos supieran que algo iba a suceder, pero nadie se molestara en explicarle qué.

Y eso era lo peor.
Su prometido tampoco le había ayudado demasiado.
No la miraba.
No le prestaba atención.
Mucho menos le había comentado de qué se trataba todo aquello.
Ibuki apoyó entonces el mentón sobre la cabeza de Kiro mientras el enorme mapache continuaba avanzando. —Oh... Así que... él es tu ancla.

Ibuki acarició suavemente la cabeza del peludo mientras observaba hacia donde Kiro parecía estar llevándola. Finalmente, el animal se detuvo junto a Keisuke.

Kiro se sentó a su lado y apoyó sus patas delanteras hacia adelante antes de acomodarse tranquilamente.

Ibuki se estiró un poco debido al movimiento ondulante del animal. Aquel andar lento y acompasado resultaba extrañamente tranquilizante para ella. Tanto, que incluso comenzaba a darle sueño. Se desperezó y finalmente se puso de pie junto a su compañero.

Miró a Kiro. Después miró a su alrededor.

Había demasiadas personas.
Demasiados aromas.
Demasiadas presencias conocidas.
Su nariz podía reconocerlas, pero sus ojos no.
Entre toda aquella multitud, los rostros desfilaban unos junto a otros como imágenes difíciles de retener. Sabía que conocía a muchas de aquellas personas, pero no podía identificar con certeza quién era quién. Sin embargo, había un aroma que reconocía perfectamente.

El de Kei.
Era el más cercano de todos.

Ibuki se acercó a él y tomó su mano. Luego lo sujetó del brazo y se acomodó a su lado, apoyando la cabeza sobre su hombro mientras intentaba disimular la familiaridad del gesto entre toda aquella gente. Entonces, como si nada extraño estuviera ocurriendo, llevó una mano hacia su pecho.

Rebuscó un poco.
Y sacó de allí una pequeña sandía.
Ibuki miró a su compañero con una expresión algo astuta, buscando su complicidad. Una pequeña sonrisa coqueta apareció en su rostro. —Hey, lindo... ¿quieres comer un poco conmigo?

Soltó la mano de Keisuke y sostuvo la sandía con aquella misma mano. Con sus afiladas uñas, la cortó limpiamente por la mitad y después volvió a dividir una de las partes en dos. Le entregó un cuarto de sandía a Keisuke y dejó la mitad más grande para Kiro. Como si aquello fuera lo más normal del mundo, comenzó a comer mientras miraba en dirección al escenario.

Durante unos segundos permaneció en silencio.
Después, su expresión cambió.
La sonrisa desapareció lentamente.

—Dime, Kei...— Sus ojos permanecieron fijos en la enorme tarima. —¿Crees que... estaremos bien? — La voz se le quebró ligeramente. —Tengo... tengo miedo.

A su alrededor, las personas continuaban moviéndose.
Demasiadas imágenes pasando frente a sus ojos.

Ibuki sabía que conocía a todos ellos. Sabía que muchos eran compañeros, conocidos, amigos... pero no podía identificarlos. Era como encontrarse perdida en medio de un mar de personas.

Y por eso agradecía tener a su ancla allí.
Keisuke.
Kiro.
Algo que pudiera reconocer.
Algo que pudiera mantenerla orientada mientras esperaba, junto a todos los demás, aquello que estaba a punto de ser revelado.
[Imagen: 9NUo9td.gif][Imagen: He8J1ft.gif]
Narrador General
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Clan Senju
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07-09-2026, 08:54 PM
Desde la altura de la tarima, los líderes de Konoha podían contemplar cómo aquella convocatoria había dejado de ser una orden escrita para convertirse en un verdadero mar de shinobi. Shinodera Nara repasaba silenciosamente la extensión de la multitud mientras los últimos controles terminaban de cerrarse; Shiori Uchiha distinguía entre las filas una cantidad particularmente grande de miembros de su propio clan, algunos recién graduados y otros con suficiente experiencia como para comprender que reunir de aquella manera a toda la fuerza militar jamás podía significar algo sencillo. Daichi Akimichi alcanzaba a reconocer, incluso desde allí, al joven que de algún modo había logrado convertir una estricta prohibición de alimentos en la oportunidad perfecta para seguir devorando papas casi al frente de la concentración, mientras otro Akimichi permanecía bastante más atrás acompañado por su padre. Cerca de la tarima, Akira Hyuuga había conseguido abrirse paso entre la multitud hasta ocupar una posición privilegiada; no muy lejos, Keisuke Uchiha había terminado reuniéndose con él después de recorrer el lugar saludando rostros conocidos, y a su alrededor podían verse otros jóvenes dispersos: Daeru, Kuroto, Natsu, Daralth, Asuna y Ryusuke, cada uno aguardando desde distintos puntos del campo. Incluso los guardias habían tenido su propia historia que contar aquella mañana: una Inuzuka había aparecido con prácticamente un arsenal escondido bajo sus ropas y una pequeña comitiva de animales, obligando al control de acceso a negociar hasta permitir únicamente el ingreso de su enorme compañero Kiro; ahora, desde la plataforma, podía distinguírsela junto a Keisuke, compartiendo incluso una sandía mientras esperaba. Aquellos pequeños gestos, conversaciones, nervios y distracciones eran todavía los de una aldea en paz. Akihiro los observó durante varios segundos, consciente de que su siguiente intervención iba a dividir sus vidas en un antes y un después.

Cuando el último responsable del perímetro levantó la señal acordada, Shinodera dio un paso hacia el borde de la plataforma y el murmullo comenzó a morir por sectores hasta que solo quedó el viento recorriendo la hierba. Los líderes de los clanes se desplazaron ligeramente hacia atrás, dejando a Akihiro Sarutobi solo en el centro de la tarima. El Hokage avanzó dos pasos. No llevaba pergaminos entre las manos ni había preparado un atril; aquello no sería leído. Esperó hasta que incluso las conversaciones más lejanas desaparecieron y recorrió lentamente con la mirada a quienes tenía delante. —Hace mucho tiempo, antes de que cualquiera de nosotros naciera, antes incluso de que Konoha existiera, este mundo era distinto. Los escritos más antiguos hablan de una época en la que la naturaleza misma parecía haberse vuelto contra quienes la habitaban. Bosques, mares, montañas... criaturas que alguna vez pertenecieron al equilibrio natural comenzaron a deformarse bajo la influencia de algo que nuestros antepasados terminaron llamando chakra corrupto. Akihiro dejó que aquellas palabras encontraran su lugar entre cientos de shinobi antes de continuar. —No sabemos todo acerca de aquello. Sería irresponsable decirles lo contrario. Mucho de lo que sobrevivió son fragmentos, testimonios y documentos escritos por personas que intentaban comprender una amenaza que estaba destruyendo su mundo. Pero sabemos una cosa: hace aproximadamente ciento cincuenta años, nuestros antepasados consiguieron contenerla. Ese chakra fue sellado en distintos puntos del mundo. Y durante ciento cincuenta años, esos sellos han permanecido cerrados.

Akihiro hizo una breve pausa. Era allí donde terminaba la historia y comenzaba el presente. Detrás suyo, ninguno de los líderes parecía sorprendido; aquella conversación había ocupado buena parte de los últimos diez días dentro de salas a las que ningún shinobi corriente había tenido acceso. —Durante las últimas semanas habrán escuchado rumores. Sobre lo ocurrido en el País de las Olas. Sobre nuestra delegación. Sobre aquellos a quienes durante mucho tiempo hemos conocido simplemente como la Gente del Mar. El Hokage bajó levemente el rostro, como si tomara una decisión que ya no podía postergarse. —No volveré a llamarlos así. Su hogar tiene un nombre. Kirigakure. Por primera vez, aquella palabra era pronunciada abiertamente frente a la fuerza militar de Konoha, arrancada del secreto con el que ambas aldeas habían protegido su existencia durante generaciones. —Kirigakure cree que nuestro mundo está muriendo lentamente. Ellos creen que los sellos son responsables. Creen que aquello que nuestros antepasados hicieron para salvar al mundo hace ciento cincuenta años está, lentamente, destruyéndolo ahora. Y creen que la respuesta es abrirlos. Akihiro no pronunció aquellas últimas palabras como una acusación. Precisamente por comprender la desesperación que había visto personalmente en Renjiro, el peso de lo que venía después resultaba mucho mayor. —Yo les creo cuando dicen que están sufriendo. Les creo cuando dicen que tienen miedo por su futuro. Pero comprender por qué alguien está dispuesto a correr un riesgo no significa que debamos permitirle correrlo por todos nosotros.

La mirada del Hokage se desplazó entonces hacia el límite del campo, hacia los árboles que rodeaban Konoha y, más allá de ellos, hacia un bosque que semanas atrás había sido escenario de algo que demasiadas familias todavía podían recordar con dolor. Cuando volvió a mirar a la multitud, su voz había cambiado. —Hace unas semanas vimos qué ocurre cuando ese chakra logra escapar. No necesitó dar demasiadas explicaciones para que la imagen regresara a la memoria colectiva: aquella enorme criatura oscura, deformada por una energía que no debería haber estado allí, arrasando cuanto encontraba en su camino y dejando muertos tras de sí antes de ser contenida. —Aquella bestia no nació así. Estaba saturada de chakra corrupto. Una sola criatura. Una sola filtración. Eso fue suficiente para matar, destruir y obligar a Konoha a movilizarse para impedir que la tragedia fuera todavía mayor. Akihiro extendió una mano hacia el horizonte. —Ahora no imaginen una. Hubo un silencio. —Imaginen cien. Imaginen bosques enteros transformándose. Imaginen ríos contaminados por esa energía, costas tomadas por monstruos, rutas que dejan de existir, territorios completos donde ningún civil pueda sobrevivir. Y después recuerden que ni siquiera sabemos cuánto chakra hay detrás de cada uno de esos sellos. Akihiro cerró lentamente la mano. —Kirigakure nos pide que apostemos el futuro del mundo a que aquello que está encerrado detrás de esas puertas será menos terrible que lo que está ocurriendo ahora. Como Hokage, no puedo hacer esa apuesta con las vidas de ustedes, de sus familias ni de millones de personas que jamás tendrán voz en esa decisión.

Nada se movió inmediatamente sobre la plataforma. Los ocho dirigentes permanecieron detrás del Hokage mientras la dimensión de aquella revelación descendía sobre el campo: existía otra gran aldea, existían sellos repartidos por el mundo, existía un chakra capaz de transformar criaturas y, en algún lugar más allá de las fronteras conocidas por buena parte de aquellos shinobi, otra potencia había decidido que abrir esas prisiones podía ser la única manera de sobrevivir. Diez reuniones en el País de las Olas no habían conseguido reconciliar ambas posturas. Akihiro había intentado detener aquella decisión mediante palabras; Renjiro había dejado claro que su aldea ya no consideraba posible seguir esperando. Desde ese momento, la misión fundamental de Konoha era impedir que nadie rompiera un Sello y liberara algo que después pudiera resultar imposible volver a encerrar. El problema era que Kirigakure perseguía exactamente el objetivo contrario. Dos aldeas que hasta pocas semanas atrás apenas conocían oficialmente la existencia de la otra acababan de convertirse en obstáculos directos para la supervivencia que cada una creía estar defendiendo. Akihiro sostuvo la mirada de los shinobi frente a él y la conclusión dejó de pertenecer únicamente al Consejo: —Konoha no permitirá que Kirigakure abra los sellos. Y, lamentablemente, para ellos y para nosotros, eso solo significa una triste realidad: estamos en guerra.

La convocatoria se alargó al menos una hora más, con discursos de protocolo y medidas que la aldea tomaría a partir de ahora. Se les indicó sus nuevas asignaciones. Desde aquel día, la estructura shinobi de Konoha recibió una nueva prioridad que atravesaría misiones, investigaciones y expediciones por todo el territorio conocido: encontrar los sellos antes que Kirigakure. Los archivos serían revisados en busca de referencias olvidadas; exploradores y unidades de reconocimiento prestarían atención a ruinas, relatos antiguos y alteraciones que hasta ese momento habrían sido descartadas como simples supersticiones; los shinobi enviados fuera de la aldea deberían escuchar rumores sobre criaturas anómalas, zonas prohibidas, monumentos cuyo origen nadie recordaba, concentraciones extrañas de chakra o historias transmitidas durante generaciones acerca de lugares que nadie debía perturbar. No todos los rumores conducirían a algo y no toda expedición encontraría respuestas, pero cada pista podía convertirse en la diferencia entre llegar primero o descubrir demasiado tarde que Kirigakure ya había encontrado uno. A partir de ese día, cualquier misión podía ocultar una pieza del conflicto que acababa de comenzar, cualquier rincón del mundo podía contener uno de aquellos antiguos Sellos y cada shinobi de Konoha tenía una nueva responsabilidad: buscar, investigar y localizar aquello que llevaba ciento cincuenta años oculto, antes de que la Niebla llegara primero
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