28-08-2026, 10:24 PM
Última modificación: 28-08-2026, 10:25 PM por Douma Kodon.
Razón: Me equivoqué
El sendero forestal se extendía como una franja de tierra apisonada y musgo que conectaba las distintas zonas de entrenamiento del complejo. A pesar de la aparente serenidad que transmitía el paisaje, aquel pasaje era bien conocido por ser un punto de encuentro habitual para duelos y prácticas de combate a campo abierto; la irregularidad del terreno y la densidad de la vegetación ofrecían un escenario perfecto para medir reflejos, movilidad y lectura del entorno.
A ambos lados del camino, una arboleda frondosa se alzaba con fuerza imponiendo su presencia. Los árboles más jóvenes y delgados bordeaban la senda alcanzando alturas de entre ocho y diez metros, mientras que, un poco más al fondo, los viejos ejemplares superaban fácilmente los quince o veinte metros. Sus frondosas copas se entrelazaban en lo alto creando un techo verde casi continuo, a través del cual la luz del sol se filtraba en vivos haces diagonales que iluminaban la humedad del ambiente y proyectaban sombras alargadas sobre la tierra. El aire olía a pino, tierra mojada y vegetación fresca, interrumpido únicamente por el leve susurro de las hojas al moverse con el viento.
Douma había llegado al lugar hacía unos minutos con paso tranquilo y medido. No buscaba esconderse ni montar una emboscada; simplemente caminó hasta el borde de la senda y se apoyó con soltura contra el tronco de uno de los árboles más altos del margen derecho. Con los brazos cruzados sobre el pecho y la espalda recostada de forma relajada contra la corteza rugosa, observó el tramo despejado del camino con esa habitual calma pragmática que lo caracterizaba.
Ajustó ligeramente el cuello de su chaqueta, sintiendo el frescor de la sombra que lo resguardaba del sol directo. La ubicación era ideal: el sendero principal era lo bastante ancho como para permitir desplazamientos rápidos o intercambios directos, mientras que los troncos y la elevación de las ramas ofrecían suficientes opciones verticales si la situación exigía cambiar de plano.
El silencio relativo del bosque se rompió cuando el crujido rítmico de unas pisadas sobre la hojarasca seca anunció la llegada de alguien más. Al distinguir la silueta de un shinobi avanzando por el sendero iluminado, Douma no dudó. Se despegó del tronco con un movimiento fluido, dejando caer los brazos a los costados mientras daba un par de pasos hacia el centro del camino para interceptar su paso de forma casual, pero firme —Buenas —saludó el Kodon, rompiendo el hielo con un tono de voz sereno y directo— El terreno está en perfectas condiciones y me vendría bien un poco de práctica antes de seguir. ¿Te animas a un cruce rápido de golpes? —.
Sin esperar una confirmación verbal excesiva, Douma separó ligeramente los pies, asentando su centro de gravedad sobre la tierra húmeda en una postura que, aunque relajada en apariencia, estaba lista para reaccionar en fracciones de segundo —Si aceptas la invitación —añadió, esbozando una leve sonrisa mientras mantenía la mirada fija en su potencial oponente— El primer movimiento es todo tuyo —.
A ambos lados del camino, una arboleda frondosa se alzaba con fuerza imponiendo su presencia. Los árboles más jóvenes y delgados bordeaban la senda alcanzando alturas de entre ocho y diez metros, mientras que, un poco más al fondo, los viejos ejemplares superaban fácilmente los quince o veinte metros. Sus frondosas copas se entrelazaban en lo alto creando un techo verde casi continuo, a través del cual la luz del sol se filtraba en vivos haces diagonales que iluminaban la humedad del ambiente y proyectaban sombras alargadas sobre la tierra. El aire olía a pino, tierra mojada y vegetación fresca, interrumpido únicamente por el leve susurro de las hojas al moverse con el viento.
Douma había llegado al lugar hacía unos minutos con paso tranquilo y medido. No buscaba esconderse ni montar una emboscada; simplemente caminó hasta el borde de la senda y se apoyó con soltura contra el tronco de uno de los árboles más altos del margen derecho. Con los brazos cruzados sobre el pecho y la espalda recostada de forma relajada contra la corteza rugosa, observó el tramo despejado del camino con esa habitual calma pragmática que lo caracterizaba.
Ajustó ligeramente el cuello de su chaqueta, sintiendo el frescor de la sombra que lo resguardaba del sol directo. La ubicación era ideal: el sendero principal era lo bastante ancho como para permitir desplazamientos rápidos o intercambios directos, mientras que los troncos y la elevación de las ramas ofrecían suficientes opciones verticales si la situación exigía cambiar de plano.
El silencio relativo del bosque se rompió cuando el crujido rítmico de unas pisadas sobre la hojarasca seca anunció la llegada de alguien más. Al distinguir la silueta de un shinobi avanzando por el sendero iluminado, Douma no dudó. Se despegó del tronco con un movimiento fluido, dejando caer los brazos a los costados mientras daba un par de pasos hacia el centro del camino para interceptar su paso de forma casual, pero firme —Buenas —saludó el Kodon, rompiendo el hielo con un tono de voz sereno y directo— El terreno está en perfectas condiciones y me vendría bien un poco de práctica antes de seguir. ¿Te animas a un cruce rápido de golpes? —.
Sin esperar una confirmación verbal excesiva, Douma separó ligeramente los pies, asentando su centro de gravedad sobre la tierra húmeda en una postura que, aunque relajada en apariencia, estaba lista para reaccionar en fracciones de segundo —Si aceptas la invitación —añadió, esbozando una leve sonrisa mientras mantenía la mirada fija en su potencial oponente— El primer movimiento es todo tuyo —.
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