Después de mirar una última vez hacia el camino por el que debía aparecer su compañero, Kairo se decidió finalmente a comenzar por su cuenta. No tenía demasiado sentido quedarse quieto esperando y, aunque había ido allí con la intención de entrenar acompañado, podía aprovechar aquel tiempo para calentar y adelantar parte del trabajo. Comenzó estirando las piernas, los brazos y la espalda, sin demasiada prisa, dedicando unos minutos a preparar el cuerpo antes de empezar a exigirle algo más. Una vez terminó, comenzó a correr por la orilla manteniendo un ritmo tranquilo. Sus pies se hundían ligeramente en la arena húmeda con cada paso y, de vez en cuando, una ola alcanzaba sus tobillos antes de retirarse nuevamente hacia el mar. Poco después se alejó de la zona húmeda y empezó a correr por la arena seca, donde cada pisada se volvía mucho más pesada. El terreno cedía bajo sus pies y le obligaba a realizar un esfuerzo mayor para mantener el ritmo, pero precisamente por eso decidió continuar. No buscaba batir ninguna marca ni hacer nada especialmente espectacular; simplemente quería acostumbrarse a moverse en una superficie incómoda y conseguir que sus piernas aguantasen cada vez un poco más. Después de varias vueltas comenzó a notar el cansancio acumulándose en ellas y su respiración se hizo más profunda, así que redujo progresivamente el ritmo hasta terminar caminando. Se pasó una mano por la frente para apartar el sudor y volvió a mirar hacia el camino. Seguía sin aparecer nadie. Kairo dejó escapar un pequeño suspiro y negó ligeramente con la cabeza, pensando que a ese ritmo iba a terminar haciendo todo el entrenamiento solo. Aun así, aquello no parecía preocuparle demasiado. Había ido allí para mejorar y no pensaba desperdiciar el tiempo simplemente porque su compañero todavía no hubiese llegado.
Una vez recuperó un poco el aliento, comenzó con los ejercicios de combate. Adoptó una postura cómoda y empezó a practicar desplazamientos cortos, avanzando y retrocediendo sobre la arena mientras lanzaba golpes al aire. No buscaba hacer movimientos demasiado amplios ni utilizar más fuerza de la necesaria. Intentaba que cada gesto fuese limpio y que el cuerpo respondiera de una manera cada vez más natural, procurando mantener el equilibrio incluso cuando cambiaba rápidamente de dirección. Un golpe, un desplazamiento hacia un lado, otro hacia atrás y una patada antes de volver a colocarse. Repitió aquella secuencia varias veces hasta que empezó a notar que sus piernas volvían a calentarse. Kairo sabía que entrenar contra un objetivo imaginario tenía sus limitaciones, pero también entendía que era necesario trabajar los movimientos básicos antes de enfrentarse a alguien de verdad. Una cosa era imaginar cómo reaccionaría ante un ataque y otra muy diferente era hacerlo cuando otra persona estuviese delante de él y no supiera qué iba a hacer. Aquello era precisamente lo que quería practicar cuando llegase su compañero. Quería comprobar hasta qué punto podía mantener la calma cuando tuviera que reaccionar sobre la marcha y no simplemente seguir una secuencia que ya conocía. Mientras pensaba en ello continuó moviéndose, aumentando poco a poco la velocidad de los desplazamientos hasta que, en uno de ellos, su pie se hundió más de la cuenta en la arena y perdió ligeramente el equilibrio. Tuvo que dar un par de pasos rápidos para evitar caer. Se quedó quieto durante unos segundos mirando el suelo y después soltó una pequeña risa por lo bajo antes de volver a colocarse. Aquello también formaba parte del entrenamiento. Si algún día tenía que luchar en un terreno parecido, nadie iba a quitarle la arena de debajo de los pies para que pudiese moverse mejor.
El entrenamiento continuó durante bastante tiempo y Kairo fue alternando los ejercicios para no acostumbrar demasiado el cuerpo a un único movimiento. Después de trabajar durante un rato el combate cuerpo a cuerpo, decidió practicar sus lanzamientos. Sacó varios kunai y buscó una formación rocosa que pudiera utilizar como objetivo. Se alejó unos metros, tomó aire y lanzó el primero. El arma impactó bastante cerca del punto que había escogido, aunque el segundo se desvió ligeramente y el tercero terminó golpeando una zona diferente de la roca. Kairo frunció el ceño y fue a recogerlos sin decir nada. Volvió a colocarse en el mismo sitio y comenzó otra vez, aunque esta vez decidió añadir movimiento. Lanzaba mientras avanzaba, después se desplazaba hacia un lado y volvía a lanzar, intentando mantener la precisión aunque el cuerpo estuviese en movimiento. No todos los intentos salieron como esperaba, pero poco a poco fue encontrando el ritmo. Lo que realmente quería conseguir no era acertar siempre en el centro, sino acostumbrarse a no quedarse completamente quieto cuando utilizaba los kunai. Después de varios minutos terminó guardándolos y se acercó de nuevo hasta la orilla. El calor empezaba a hacerse notar bastante y el cansancio comenzaba a acumularse en sus músculos, por lo que decidió sentarse durante unos minutos sobre una de las rocas cercanas al agua. Dejó que el mar cubriera sus pies mientras bebía tranquilamente de la botella que había llevado consigo y permaneció en silencio, mirando cómo las olas iban y venían. Aquel momento de tranquilidad le servía también para despejar un poco la cabeza. No tenía que pensar en los documentos que había dejado pendientes, ni en los estudios, ni en todo aquello que normalmente ocupaba su tiempo cuando permanecía dentro de casa. Allí simplemente podía quedarse sentado escuchando el mar y recuperar fuerzas antes de continuar.
Después de aquel descanso decidió trabajar algo que consideraba todavía más importante: el control del chakra. Se levantó y se acercó a una zona de rocas que sobresalían ligeramente del agua. La superficie estaba húmeda y era bastante fácil perder el equilibrio, así que podía servirle para poner a prueba su concentración. Cerró los ojos durante unos segundos y respiró profundamente antes de concentrar el chakra en las plantas de sus pies. No intentó hacerlo de golpe, sino poco a poco, tratando de sentir cómo aquella energía se distribuía por su cuerpo. Cuando consideró que estaba preparado, dio el primer paso sobre la roca. El suelo resbalaba ligeramente bajo sus pies, pero consiguió mantenerse estable. Dio otro paso y una ola golpeó contra las piedras, haciendo que el agua salpicase sus piernas. Kairo mantuvo la concentración y continuó avanzando despacio, procurando que cada pisada fuese segura antes de dar la siguiente. No era un ejercicio especialmente llamativo y probablemente cualquiera que pasase por allí ni siquiera entendería qué estaba haciendo, pero para él tenía bastante sentido. El control del chakra era algo que necesitaba dominar si quería mejorar como shinobi y, especialmente, si pretendía seguir avanzando por el camino que se había marcado. Después de varios minutos regresó a la arena y esta vez el cansancio era bastante evidente. Se dejó caer sentado y apoyó los brazos sobre las rodillas mientras recuperaba el aliento. El cabello se le había humedecido por el agua y el sudor y varios mechones se habían quedado pegados a su rostro, así que se los apartó con una mano antes de volver a beber un poco de agua.
Kairo permaneció sentado durante unos minutos más, dejando que el cuerpo recuperase algo de energía mientras observaba el mar. Había entrenado bastante más de lo que tenía pensado al principio y, aunque todavía quería enfrentarse a su compañero cuando llegase, ya podía notar el cansancio en las piernas y en los brazos. Aun así, no le molestaba. Era un cansancio diferente al que sentía después de pasar horas encerrado estudiando. Este era físico, directo y sencillo. No necesitaba darle demasiadas vueltas. Se había esforzado y su cuerpo se lo estaba haciendo saber. Finalmente levantó la mirada hacia el camino y comprobó una vez más si su compañero había llegado. Esta vez creyó distinguir una figura a lo lejos. Kairo entrecerró los ojos intentando reconocerla y permaneció unos segundos sin moverse, esperando a que se acercase un poco más. Todavía no podía saber con seguridad quién era, pero por la dirección que llevaba parecía que finalmente había llegado la persona que estaba esperando. Se levantó lentamente, sacudió la arena de la ropa y recogió sus cosas. Guardó la botella, comprobó que los kunai estuvieran en su sitio y se apartó algunos mechones del rostro antes de volver a colocarse en la zona donde había estado entrenando. A pesar del cansancio, su expresión había cambiado ligeramente. Había pasado buena parte del tiempo entrenando solo y ahora, por fin, tendría la oportunidad de comprobar cómo respondía frente a alguien de verdad. Flexionó ligeramente las piernas y adoptó una postura preparada, manteniendo la mirada fija sobre aquella figura que cada vez estaba más cerca. El entrenamiento en solitario había terminado. Ahora tocaba descubrir cuánto podía aguantar cuando el otro shinobi estuviera delante.
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