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Misión: El Gran Robo del Dango: La Rebelión de los Mapaches Artesanos autonnarada D
Akira Hyuuga
Rango Chuunin
Clan Hyuga
Nivel 20
Estadísticas
Generales
Fuerza100(5)
Destreza100(5)
Ctrl. de Chakra100(5)
Inteligencia20(1)
Especiales
Salud15
Velocidad25
Tenketsu20
Sigilo8
755
885
Enlace al Post
07-07-2026, 12:22 PM
Última modificación: 07-07-2026, 01:57 PM por Akira Hyuuga.
konoha : Distrito Comercial de la Aldea, 6 verano 150




El sol del verano en el Distrito Comercial de la Aldea caía con una intensidad que habría derretido a cualquier mortal, pero no a la abuela Katsu. Ella, con su delantal manchado de harina y una furia que rivalizaba con la de un Kage enojado, agitaba un cucharón de madera hacia los tejados.

—¡Esos bandidos de cola anillada, muchacho! ¡Han robado mis dangos secretos para el Festival! —gritaba, señalando hacia arriba con un temblor en su dedo índice—. ¡Estaban destinados a la gloria, a la perfección culinaria, y ahora... ahora son el botín de unos roedores con delirios de grandeza!

Suspiré, ajustándome la banda ninja. Rescatar gatos era cosa del pasado; enfrentarse a una banda de mapaches ingenieros que habían convertido el tejado de la pastelería en una versión diminuta de una fortaleza medieval era un reto completamente nuevo. Levanté la mirada y, efectivamente, allí estaban. No eran simples mapaches. Habían fabricado una red de poleas usando cordeles de tender la ropa y rampas improvisadas con bandejas de hornear. Uno de ellos, luciendo una pequeña banda ninja hecha con un trozo de trapo viejo atado a la frente, me miró fijamente desde la cornisa mientras sostenía un palillo de tres dangos con una destreza casi ofensiva.

El plan estaba claro: desmantelar su infraestructura de ingeniería culinaria sin destruir los dangos.

Comencé la persecución trepando por la pared lateral, sintiendo el calor del ladrillo bajo mis dedos. Apenas puse un pie en el tejado, una campana hecha con una tapa de olla sonó estruendosamente. Los mapaches, lejos de huir, se organizaron. El líder de la banda, al que mentalmente bauticé como "Mapache Maestro", dio un chillido agudo. De repente, una rampa inclinada hecha con dos tablas de madera se activó mediante un contrapeso de harina. Un proyectil inesperado salió disparado: un rodillo de cocina que pasó rozando mi oreja antes de estrellarse contra una chimenea.

—¿En serio? —exclamé, esquivando un segundo proyectil, esta vez una cuchara de madera que giraba como una shuriken mal forjada—. ¡Esto es una falta de respeto a la técnica ninja, pequeñas alimañas!

Aceleré el paso, saltando sobre una serie de cables que servían de puente improvisado entre los edificios. Los mapaches estaban en todas partes. Uno descendió desde un tendedero, aterrizando con una agilidad impresionante y lanzando un puñado de canela en polvo directo a mis ojos. El ardor me obligó a parpadear con fuerza, pero mi instinto me salvó. Me agaché justo a tiempo para evitar una trampa de red hecha con manteles de encaje que habría dejado a cualquiera inmovilizado por la vergüenza.

La persecución se convirtió en un caos. Yo saltaba entre tejas calientes mientras ellos se deslizaban por los cables como acróbatas circenses. En un momento de pura genialidad disparatada, el Mapache Maestro activó un sistema de poleas que hizo que una cesta cargada de dangos se deslizara por una cuerda hacia el tejado vecino.

—¡Oh, no, no lo harán! —grité, impulsándome con un salto largo, esquivando en el aire un proyectil de masa cruda que amenazaba con pegarse a mi chaleco.

Aterricé en el edificio colindante, justo donde la cesta iba a llegar. Pero el grupo de mapaches ingenieros no se rendía. Formaron una muralla humana —bueno, muralla de mapaches— impidiéndome el paso. Se erizaron, mostrando los dientes y haciendo esos ruiditos chirriantes que, supongo, eran insultos mapaches.

Decidí que la fuerza bruta no era el camino, sino la distracción. Saqué un poco de comida que llevaba conmigo, un bocadillo seco, y lo lancé lejos, hacia una claraboya abierta. Los mapaches, con su debilidad natural por la comida fácil, dudaron un segundo. El líder miró el bocadillo, luego los dangos, luego a mí. Fue una batalla de voluntades. Aprovechando su indecisión, realicé una maniobra rápida: desaté el nudo principal que sostenía el sistema de poleas principal.

Con un crujido de madera y metal, la estructura cedió. Los dangos cayeron suavemente, aterrizando sobre una lona de secado que había quedado tendida debajo, amortiguando perfectamente el impacto. Los mapaches, al ver que su preciado botín se deslizaba fuera de su control, intentaron lanzarse a por ellos, pero su propia red, ahora enredada, les jugó una mala pasada. Terminaron todos envueltos en un abrazo colectivo, desenredándose unos a otros mientras el Mapache Maestro me miraba desde el centro del lío, con una expresión de total indignación.

—Se acabó, chicos —dije, bajando al nivel de la lona y recogiendo el cargamento de dangos, que afortunadamente seguían intactos y listos para el festival.

El distrito comercial recuperó la calma. La abuela Katsu, al verme aparecer con los dulces, dejó escapar un grito de alegría que probablemente se escuchó en la aldea vecina. Me entregó un dango como muestra de gratitud, aunque me advirtió que no se lo contara a los mapaches, no fuera a ser que organizaran una rebelión aún más grande.

Mientras me alejaba, exhausto y con restos de canela todavía en la ropa, no pude evitar sonreír. Había sido una misión absurda, disparatada y, definitivamente, la más inusual de mi carrera. Miré hacia atrás una última vez; los mapaches ya se habían dispersado, pero juraría que el líder me observaba desde una ventana, probablemente planeando cómo construir una catapulta para el próximo festival.

La vida de un ninja tiene sus momentos de gloria, de combate épico y de tensión política, pero a veces, también tiene momentos donde la mayor amenaza para la paz mundial es una banda de mapaches con habilidades de carpintería y una pasión desmedida por los dulces. Y, honestamente, no lo cambiaría por nada.
[Imagen: JK2RddW.png]
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