El calor del verano se extendía sobre las calles de Konoha como una manta pesada. A pesar de ello, el Distrito Comercial conservaba el bullicio habitual de una jornada activa. Comerciantes anunciaban sus productos desde los puestos, los clientes negociaban precios y el constante ir y venir de carretas, artesanos y aldeanos daba vida a cada rincón de la zona. Sin embargo, bastaba con alejarse unas pocas calles del corazón del distrito para que aquel ambiente animado comenzara a desvanecerse. Detrás de una hilera de almacenes antiguos se encontraba un edificio que llevaba años abandonado. Sus paredes de madera estaban desgastadas por el tiempo, varias ventanas permanecían cubiertas con tablones y el techo presentaba evidentes signos de deterioro. Desde el exterior parecía un lugar completamente olvidado, aunque quienes vivían cerca sabían que aquello era solo una fachada.
Durante la última semana, numerosos vecinos habían acudido a informar de movimientos sospechosos. Personas entrando al anochecer y saliendo poco antes del amanecer, discusiones cada vez más frecuentes, gritos, objetos rompiéndose contra el suelo. Incluso algunos aseguraban haber visto a hombres abandonar el lugar con el rostro ensangrentado después de perder grandes cantidades de dinero. Lo que en un principio parecía una reunión clandestina de apostadores había comenzado a transformarse en un foco de violencia capaz de alterar la tranquilidad del vecindario. Con aquella información recopilada, la misión fue registrada como una intervención de rango D. El objetivo era sencillo sobre el papel, ingresar al establecimiento, identificar a los responsables de organizar las apuestas ilegales, detener la actividad, expulsar a los civiles involucrados y restaurar el orden antes de que la situación escalara a un problema mayor. La aldea prefería resolver el incidente con discreción, mientras menos atención recibiera el asunto, mejor sería para todos.
El callejón que conducía hacia la parte trasera del edificio permanecía casi desierto. Un ligero olor a alcohol y tabaco escapaba desde el interior, mezclándose con el aire cálido de la tarde. Cerca de una puerta lateral podían verse varias colillas recientes, algunas botellas vacías y marcas de pisadas sobre el polvo, señales claras de que el lugar seguía siendo utilizado con frecuencia. —¡Eso es trampa! ¡No puedes cambiar las reglas ahora! — rugió una voz desde el interior. El grito fue seguido por el sonido de una mesa volcándose violentamente. —¡Págame lo que debes! —
—¡Ni hablar! ¡Esas cartas estaban marcadas! — Un fuerte golpe sacudió una de las paredes del edificio, haciendo caer una pequeña lluvia de polvo desde el techo. Después llegaron varios empujones, insultos cruzados y el inconfundible ruido de muebles arrastrándose mientras varias personas intentaban separarse o quizá unirse a la pelea, apenas unos segundos más tarde, la puerta lateral se abrió de golpe. Un hombre de mediana edad salió tambaleándose hasta el callejón, sujetándose la nariz mientras la sangre corría entre sus dedos. Maldijo por lo bajo, escupió al suelo y, sin siquiera notaria la presencia de nadie, comenzó a alejarse apresuradamente con evidente intención de abandonar el lugar antes de que la situación empeorara.
Desde la puerta aún abierta era posible escuchar el ambiente que reinaba dentro. Las voces se superponían unas con otras. Algunos intentaban calmar los ánimos mientras otros exigían recuperar el dinero perdido. El tintinear de monedas, el sonido de dados rodando sobre una mesa y el crujir constante de la madera revelaban que, pese al altercado, las apuestas todavía no se habían detenido del todo, asomándose con cuidado era posible distinguir parte del interior. Varias mesas improvisadas ocupaban la sala principal. Sobre ellas descansaban cartas, dados, monedas y pequeñas bolsas de ryō cuidadosamente apiladas. Una docena aproximada de civiles permanecía repartida por la habitación. Algunos observaban la pelea desde una distancia prudente, otros discutían acaloradamente alrededor de una mesa donde dos hombres continuaban sujetándose por la ropa, retenidos con dificultad por un tercero.
Al fondo de la estancia, casi oculto tras una cortina vieja que separaba otra habitación, permanecía un individuo sentado con una tranquilidad que contrastaba por completo con el caos del lugar. No participaba en la pelea ni intentaba detenerla. Simplemente observaba en silencio mientras jugueteaba con una pequeña bolsa de monedas entre sus manos, como si estuviera esperando para intervenir únicamente cuando le resultara conveniente.
Petición
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