18-06-2026, 06:19 PM
Soma estaba acostumbrado a los días malos. En Kiri solía haber muchos. Las mañanas las pasaba entrenando, y el resto del día, entre la academia y la casa, casi no le sobraba tiempo porque la enfermedad de su madre cada vez pedía más. Aun con eso, estaba satisfecho con lo que tenía. Siempre podía ir peor.
Ese día lo pasaba sentado en un banco del pasillo del hospital. Tenía las rodillas pegadas al pecho y la vista clavada en una puerta cerrada donde estaba su madre. El pasillo olía a lejía, y las paredes de madera dejaban pasar el frío por las juntas. Afuera la niebla seguía tapando medio barrio. En el mostrador una enfermera hojeaba un cuaderno de tapas húmedas.
Las cosas habían empeorado otra vez. Lo de casa ya no alcanzaba y por eso su madre estaba allí. Soma no estaba preparado para perder a otro familiar. Suki se había ido de misión tres días antes, y a él le habría venido bien su compañía, porque con su hermana cerca al menos podía decir tonterías y reírse aunque no tuviera ganas.
La enfermera vio el barro en los tabis de Soma, arrugó la nariz y volvió al cuaderno. Soma se levantó con las piernas entumecidas, golpeó los pies contra el borde del banco hasta que dejó de salir tierra y volvió a sentarse en el mismo sitio. Apoyó la frente en las rodillas y contó hasta diez, con las manos temblándole un poco mientras detrás de la puerta no llegaba ningún sonido claro
Ese día lo pasaba sentado en un banco del pasillo del hospital. Tenía las rodillas pegadas al pecho y la vista clavada en una puerta cerrada donde estaba su madre. El pasillo olía a lejía, y las paredes de madera dejaban pasar el frío por las juntas. Afuera la niebla seguía tapando medio barrio. En el mostrador una enfermera hojeaba un cuaderno de tapas húmedas.
Las cosas habían empeorado otra vez. Lo de casa ya no alcanzaba y por eso su madre estaba allí. Soma no estaba preparado para perder a otro familiar. Suki se había ido de misión tres días antes, y a él le habría venido bien su compañía, porque con su hermana cerca al menos podía decir tonterías y reírse aunque no tuviera ganas.
La enfermera vio el barro en los tabis de Soma, arrugó la nariz y volvió al cuaderno. Soma se levantó con las piernas entumecidas, golpeó los pies contra el borde del banco hasta que dejó de salir tierra y volvió a sentarse en el mismo sitio. Apoyó la frente en las rodillas y contó hasta diez, con las manos temblándole un poco mientras detrás de la puerta no llegaba ningún sonido claro
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